He hecho cosas horribles por dinero.

Te pongo en antecedentes.

Todo empezó frente a una televisión sin control parental.

Cuando era pequeña veía atentados de ETA, muertos y pedazos de gente en prime time mientras esperaba impaciente a que llegaran los anuncios.

De las noticias no recuerdo casi nada.

De los anuncios, mucho.

Quizá por la repetición.

Repetición.

Repetición.

Después cambié la televisión por la tragedia griega y las miserias imaginadas por Stephen King.

Entre muertos reales y ficticios, decidí que quería escribir e inventar vidas.

Así que estudié cinco años de Publicidad.

Y terminé poniendo sellos de patrocinadores en anuncios y vendiendo sueños que tenían que cumplir el libro de estilo, rebajando mis expectativas por pura supervivencia.

Vi a un ruso de 60 años escribir campañas glamurosas para mujeres para Sisley.

Así aprendí que no necesitas ser tu cliente para escribir para él.

Necesitas conocerlo.

También vi ríos de atención y dinero bajar por el retrete bajo el nombre de branding.

Pero también ha habido diversión:

Trabajé de jardinera en un cementerio. Fue la mejor experiencia laboral de todas. Será porque los muertos no hablan.

Serví copas en Londres y preparé licitaciones de Oil & Gas en Oslo. Allí me caí de culo sobre el hielo tantas veces que acabé aprendiendo a caer.

Me fui de España sin saber hablar inglés.

Y terminé en Australia enseñando español en la universidad y fundé una academia de idiomas allí, donde acabé dando clases junto a un narco, un filósofo y un humano (yo). Después de más de diez años enseñando, escuchando y hablando con estudiantes descubrí algo:

Enseñar y vender son la misma cosa.

Primero tienes que conocer a la persona que tienes delante. Después escucharla. Conectar.

Conseguir que se relaje. Sorprenderla. Y contarle algo que quiera seguir escuchando.

No recordamos palabras.

Recordamos momentos.

Momentos que se convierten en emociones, se agarran a otros recuerdos y hacen que la tragedia de cada uno se encienda y se apague dentro de su cabeza.

A eso algunos lo llaman storytelling.

Yo lo llamo saber hablar con seres humanos.

Ahora hago lo mismo para vender.

Y consigo que alguien quiera seguir leyendo.

No me gustan las plantillas, el branding que no vende ni la gente que se la coge con papel de fumar.

Tus clientes tienen que ser un poco yonquis. Si no esperan cada día tu email con cierta ansiedad, algo estamos haciendo mal.

Tampoco importa si la tienes pequeña.

La lista, digo.

Tenerla pequeña es normal.

El problema es no saber usarla.

Como te dije al principio:

He hecho cosas horribles por dinero y escribir esta bio es una de ellas. Anda, no hagas que me arrepienta.

A partir de ahora te escribo por aquí.

Tienes tu dosis diaria a las ocho de la tarde.

Monica Bernabe con una camiseta de Spanglish

Primero haz que funcione.
Después hazlo más grande.